Me encontraba mirando por la ventana, observando cómo las gotas de lluvia mojaban el sucio suelo. Una melodía resonaba en mis oídos a través de mis auriculares, todo parecía conectar de una manera poética. Deseaba gritar con todas mis fuerzas, pero no podía. O, mejor dicho, no debía. Debía ser la niña correcta de siempre que hacía mucho que no existía. Así que simplemente me desahogaba a través de lágrimas y música. Nadie parecía comprenderme, ni tampoco pretendían hacerlo. Apreté los cincuenta peniques con fuerza, como si así pudiera volver a Londres. Pero, como imaginaba, nada ocurrió. Nadie se compadeció de mí y me dejó llegar mágicamente a aquella maravillosa ciudad, quizá porque la magia no existía, o puede que fuera Dios el que no existía. O quizá eran ambas cosas.
Apagué la música, me apetecía leer. Observé los libros que tenía, pero ninguno me llamó la atención. Quizá era porque todos ellos eran libros de tragedias en los que mueren casi todos los personajes. Ya estaba bastante deprimida como para leer cosas así, así que opté por uno que jamás habría imaginado que volvería a leer: Alicia en el país de las maravillas. Siempre me había encantado esa historia por el hecho de que había otro mundo ahí fuera donde la magia existía y podías aislarte de la realidad. Un mundo que yo solo encontraba en los libros.
Me leí el libro en tiempo récord y me acosté, al cabo de unos minutos logré conciliar el sueño. Y, por primera vez en años, no tuve ninguna pesadilla. Nadie intentaba matarme, nadie me insultaba, nadie me juzgaba. Simplemente tenía un príncipe azul, amigos fieles y felicidad. Al menos en la realidad tenía amigos fieles.